Fernando Savater La Puerta de Tanhäuser

Fernando Savater

La Puerta de Tanhäuser
«Todos nosotros, al igual que todos los sistemas, sentimos la avidez de desbordar nuestro propio principio de realidad y refractarnos en otra lógica»
Jean Baudrillard, El otro por sí mismo

He seguido con cierta curiosidad la polémica librada recientemente en medios de comunicación y simposios entre críticos de diversas escuelas y creadores artísticos. Curiosidad propiciada por la lejanía. Por lo visto, la gente se deja guiar por los críticos de una manera que me resulta incomprensiblemente dócil. En todas esas disputas y debates no he visto bien subrayado que el gusto del espectador teatral o cinematográfico, del lector, del aficionado a las artes plásticas, etc... no debe ser formado por el crítico, sino a pesar del crítico y contra el crítico. Cualquier persona sensata sabe que un crítico no es mas que otro mirón, aunque con posibilidad de escribir y por tanto obligación de dogmatizar su peculiarísimo gusto. Leer críticas de artes y espectáculos es una afición divertida por la misma razón que hay quien se divierte leyendo horóscopos: porque no existe obligación racional ninguna de hacer caso. Si te tomas en serio el esparcimiento, peligra la cordura y te amargas con falsos y estériles determinismos la libertad de la existencia. El dictamen de cada crítico debe ser contrarrestado con el de otros, lo mismo que debemos ir de arúspice en arúspice hasta encontrar un oráculo que nos sea favorable...
Por mi parte, mi preceptiva es muy sencilla: el buen gusto es algo frágil y cuestionable, pero el malo se presenta de manera inequívoca, vigorosa y constante. Un crítico que ha revelado buen gusto en dos o tres ocasiones puede siempre fallar a la próxima, por lo que sus dictámenes deben ser acogidos cada vez con recelo; pero quien ya ha probado su mal gusto -es decir, quien se empeña en recomendarme lo que no puede gustarme y prohibirme lo que me gusta-, es un guía fiel, aunque al contrario. En cuanto tengo localizado a uno de estos turbios adivinos lo aprovecho sin escrúpulo: cada una de sus fobias se me convierte en recomendación y cada una de sus recomendaciones me hace poner pies en polvorosa. Les debo hallazgos inolvidables y milagrosas escapadas.
En cuestión cinematográfica tengo la suerte de que la mayoría de los críticos oficiales tienen un gusto detestable, es decir, para nada coincidente con el mío. Les pongo cabeza abajo, como Marx quería hacer con Hegel, y me sirven muy donosamente como brújula. Gracias a ellos he disfrutado joyas denostadas como El nombre de la rosa (cuanto más semianalfabeto era el censor, tanto más seriamente afirmaba que «la novela es mucho mejor»), Los intocables, E la nave va..., mientras evité con hábil escorzo ensalzados bodrios como Masacre o Novecento. El mayor regalo, empero, obtenido por este sencillo sistema fue la milagrosa Blade Runner, uno de los mayores esfuerzos metafísicos del cine actual. Como la metafisica a la que me refiero no es la tópica concentración ceñuda del estreñido esforzándose por producir lo que le sobra (según la conocida imagen del Pensador de Rodin), sino la reflexión vivaz y melancólica de la rosa del presente en la cruz del porvenir, fue de inmediato tachada de «efectista» (insulto tan cruel como llamarla «cinematográfica», pues no hay película que no lo sea), «deslavazada», «pretenciosa», y -crimen de crímenes- «superficial». El cine americano ya no es lo que era, comentó algún sesudo sabio que hace veinte años llamaba «fascista» a John Ford y «codicioso artesano» a Hitchkock. Bueno, al menos él sí sigue siendo lo que era: un solemne imbécil.
Ridley Scott, el director de Blade Runner, había realizado ya en Alien un sutil ejercicio espiritual sobre la ambigüedad de la siempre hurtada naturaleza en el ámbito del artificio generalizado, es decir, en la perspectiva de nuestra modernidad. En su día dediqué un análisis pormenorizado a la gradación contrapuesta en esa inolvidable película desde la espontaneidad automática de lo salvaje (polo natural) hasta el pleno salvajismo espontáneo de la perfecta automación (polo del artificio). Blade Runner es un replanteamiento del tema, pero con la notable variante -mejor dicho, agravante- de que lo artificialmente producido es precisamente nuestro vínculo más directo e irremediable con lo natural: la conciencia de la propia finitud. O la conciencia sin más, pues ser consciente es saber incesantemente que el cese es en todo momento posible.
El miedo a la muerte es el filo más estrecho por el que camina la condición humana, el borde donde lo natural se adelgaza al máximo pero a la vez se hace máximamente firme. Por un lado, la necesidad de la muerte, su presencia inocultable y permanente en lo más íntimo de nuestra experiencia (lo único que con certeza está llegando, pues la cuenta atrás ya ha comenzado) es nuestro vínculo definitivo con el orden natural, el proceso inexorable de lo no elegido que nos consiente pero no nos conserva. La muerte es la frontera natural de toda ambición, todo fervor y toda rapacidad, la pura y simple derrota del amor que quisiéramos invencible. De todos los proyectos que nos conciernen, el único que sin falta ni excusa habremos de cumplir es aquél en el que nada de propio hemos puesto, el que nos trata con mayor impersonalidad y menos miramientos. La muerte propia que reclamaba como don el poeta Rilke es un contrasentido impotente, pues no podemos ostentar ninguna propiedad sobre aquello a lo que justamente pertenecemos. Pero por otro lado, si bien morir es lo más natural que nos ocurre, aquello en lo que estriba por antonomasia lo incontrolable de nuestra naturaleza, saber que vamos a morir es la característica menos refutablemente humana. De modo que la muerte nos une a la naturaleza, pero la conciencia de la muerte nos distancia de ella. Ni el animal ni la máquina se saben mortales: de ahí su peculiar invulnerabilidad y también lo relativo de la emoción que despiertan. Para empezar de veras a conmovernos tienen que soportar la proyección de nuestra conciencia de acabamiento, de nuestro riguroso presagio de muerte. La proximidad de su extinción les humaniza.
La vida es trivial, la muerte es trivial: por trivial entiendo animal, mecánica, natural. La conciencia del horror y del júbilo de la vida resbalando hacia la muerte, de la muerte empinándose más y más hasta hacerse con la vida: esto es lo sobrenatural, lo humano, lo trascendente. Lo contrario de lo humano es lo inconsciente: egoísmo contra identidad.
Blade Runner está presidida por el tema del tiempo. La Ciudad del futuro se muestra ya vieja, gastada, pasada (incluso pasada por agua, ciertamente). A los replicantes se les inventa la falsa memoria de un pasado que nunca existió (pero ¿ha existido alguna vez lo pasado?): esa memoria sirve para identificarles en la ilusión y denunciarles en la realidad. En la Ciudad siempre es de noche, hora de sombras y luces chillonas más allá del crepúsculo. El detective afronta su último caso, vuelve hacia la tarea pasada que abandonó y la reemprende por última vez. Los ojos de los replicantes los fabrica un anciano milenario que vive en estado de hibernación; sus cuerpos, un joven artesano violentamente envejecido por el síndrome de Matusalén. Los animales son cosa del pasado, aunque perfectamente reproducidos en autómatas del presente. Los replicantes vuelven a su origen en busca de su creador, obsesionados por el breve plazo de tiempo que éste les ha concedido. Quieren más tiempo, quieren todo el tiempo, quieren que el tiempo no pase por ellos. Al líder de los replicantes -espléndido Rutger Hauer- se le va acabando el plazo concedido antes de lograr concluir la misión que se ha encomendado a sí mismo (rescatarse del tiempo). Finalmente sólo el amor se revela como capaz de un presente que no necesita pasado y se desentiende del futuro, fragilidad sin excusa y por ello mismo invulnerable.
Al final, cuando expira el tiempo, vuelve la constancia de lo irrepetible: «He visto atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tanhäuser». Espectáculos ni más ni menos asombrosos que cualquiera de los testimoniados por el individuo más modesto. «He visto... estuve allí... padecí... anhelé... perdí...»: sólo es lo que no es, todo ya es pérdida y lo llamamos nuestro. «Momentos que se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia»: bienvenido a la humanidad, hermano replicante.

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