¿Existe el libre albedrío?


¿Existe el libre albedrío? Para ahorrarme los pasos iniciales que invoca esta pregunta e inspirarme a intentar responderla por mí mismo, los académicos ya debatieron al respecto y obtuvieron opiniones divididas. En general, la ciencia votó en contra, mientras que la filosofía, a favor. Claro que estos son casos extremos, y la realidad podría ser una mezcla de ambos o algo completamente distinto (incluso: nada).

    El punto de vista científico

El cerebro es una máquina electroquímica sujeta a las leyes de la física. Todos sus procesos son reacciones de una estructura genéticamente programada ante los estímulos del mundo exterior. Según
este enfoque, la mente debería ser algún día completamente predecible. (Es evidente que los científicos no tienen mucho trato con las mujeres.) Y, si la mente es predecible, está predeterminada y el libre albedrío es una ilusión.

No es el punto de vista más romántico, pero es fascinante. Si las cosas fueran así, tendríamos una nueva y extraña definición de consciencia: el atestiguar pasivo y abstracto de los procesos informáticos que lleva a cabo la mente; no existiría tal cosa como las decisiones conscientes, sino más bien una consciencia de las decisiones, y nuestra libertad abarcaría sólo ese misterioso don de conocer, hasta cierto grado –hay que admitirlo-, el funcionamiento de algo completamente automático: uno mismo.

En tal caso, todas estas palabras serían sólo la expresión de una combinación azarosa de genes y experiencias, y eso que llamo "yo" no sería más mío que una película que únicamente yo he visto sin tener siquiera la posibilidad de no verla o de cambiarla por otra. En este marco, seguimos siendo maravillosamente únicos, pero como una artesanía de la naturaleza, sin ningún tipo de soberanía sobre nosotros mismos.

Sin embargo, si esta es la verdad del asunto, "yo" sería algo más vasto y complejo que una autonomía individual; "yo" sería una parte de la naturaleza que si bien está condicionada, lo está gracias a la libertad de la misma naturaleza para combinar átomos y genes de manera prácticamente infinita. Después de todo, *no tendríamos libertad, pero seríamos una manifestación de la libertad misma*. No perderíamos con esto nuestra individualidad y, de hecho, nuestra percepción consciente de la vida seguiría intacta: nos pasan cosas y pensamos, sentimos y actuamos en consecuencia.

Aunque este determinismo suene incómodo (lo cual podría ser una señal de que es verdad), es una posibilidad que vale la pena tener en cuenta, o al menos así lo sugieren las señales eléctricas que se desenvuelven en mi cerebro, que son productos de complejas reacciones químicas gobernadas por las leyes de la física y que, por lo tanto, no podrían ser de otra manera.

    El punto de vista filosófico

Aunque se conceda el determinismo físico, la definición de "decisión" de los científicos es incorrecta. Decidir es, filosóficamente, la capacidad de abstraerse uno de sus condiciones actuales, evaluar las alternativas posibles y actuar de acuerdo con la que cumpla la mayor cantidad de criterios, aunque éstos estén determinados por la genética y la historia. Ese instante de abstracción, consciente o no, es la libertad de la que gozamos, y sucede a cada instante, por ejemplo, mientras elijo una palabra de entre varias posibles... o quizá una imagen o una canción, o ñdkjfdajvhbli, lo cual era bastante impredecible. Tengo al menos la libertad de presionar teclas al azar, así como de ejecutar otros movimientos errantes y de tomar decisiones basadas en algún programa mental equivalente a lanzar una moneda.

Un filósofo aparentemente poco respetable dijo algo interesante al respecto: "Para que haya libertad, no basta que nadie nos fuerce lo exterior. Es preciso, además, que no haya en nosotros ninguna necesidad
intrínseca que nos mueva a obrar de una manera determinada". Evidentemente, las necesidades están y nos esclavizan; pero también es cierto que podemos trabajar hasta cierto punto para eliminar algunas "necesidades innecesarias" -aquellas que no nos conduzcan a la muerte-.
Tal es el fin perseguido por el budismo, por ejemplo, que es una corriente filosófica, aunque no lo parezca: desprenderse del "yo", principalmente eliminando los deseos -que tan frecuentemente confundimos con necesidades y que nos son sin dudas impuestos por un historial genético y ambiental-.

La contemplación pura que nace de la meditación es ese estado de evaluación de las posibilidades, pero evitando apegarse a una de ellas en particular; es consciencia cristalina y libertad de la percepción,
como un estado de shock; *se es libre /hasta/ que se decide*. Y quizá también sea posible actuar de modo semejante, /animalmente/, aunque queda aún por comprobar quién es más /robótico/, si el animal o el Hombre con sus mecanismos de sobra.

Claro que quizá el budista esté programado para hacer exactamente eso. Pero una vez alcanzado el objetivo del programa compilado por el azar, aunque sea momentáneamente, es libre; ya no elige qué percibir porque ya no piensa, no utiliza ese conjunto de reglas lógicas que llamamos razón y que bien usadas son completamente determinantes, como las matemáticas. Por esto último -como nota al margen- es que basándose en la razón pura cualquier persona /debe/ llegar a la misma conclusión que el resto sobre un asunto en particular, porque la razón es un juego con reglas muy estrictas. Por lo tanto, quizá, la "libertad de pensamiento" no sea precisamente el mejor ejemplo de libertad, a no ser que sea un pensamiento irracional.

    El tercer punto de vista

¡Buuu!
Ahora bien, tenemos a los científicos, cuyo pensamiento general se rige por diferentes conjuntos de reglas, /métodos/ y convenciones que obviamente empujan sus velas siempre en la misma dirección; y tenemos a los filósofos, que suelen aventurarse más allá de lo históricamente seguro o infalible y que idealmente podrían alcanzar infinitas costas diferentes, lo cual les da una ventaja al menos en materia de elección, ya que los científicos mencionados no podrían haber razonado nada de aquello antes de la existencia de la neurología o del método científico mismo, mientras que los filósofos pudieron siempre pensar que ni siquiera existimos, o que existimos pero no sabemos pensar, o que pensamos pero no existimos, etc. Éstos buscan /sus/ límites, /sus/ posibilidades dentro del mundo en el que están arrojados, destruyendo a propósito sus velas, mientras que aquellos, los científicos, buscan los límites y posibilidades del mundo en sí mismo manteniendo un curso recto siempre que la calidad del timón se los permita.

A favor de la cosmovisión budista, incluso con aval del método científico, hay que decir que la vida es sólo presente. El pasado y el futuro son pensamientos en el presente. El pasado y el futuro son, en fin, pensamientos, mientras que el presente es percepción, ya sea del mundo externo o de los propios procesos internos. Si eliminamos el pensamiento de todo esto, y por ende pasado y futuro, nos quedamos sin los condicionamientos de la experiencia y del deseo (que siempre es por algo que puede no estar, pero que se imagina pudiendo estar en el futuro). Pero la maquinaria genética no queda sola, sino acompañada del fenómeno de la percepción, esta vez sin referencias ni preferencias, como una esponja que es /libre/ de absorber todo lo que toca sin clasificarlo de modo alguno, como viendo discutir a un montón de chinos sin posibilidad de relacionar esa experiencia con un "yo" (cosa de la que las esponjas carecen por completo –al menos la que tengo en la ducha, que se deja hacer cosas innombrables porque no posee libertad ante la fuerza que le represento-).

Alternativamente, pienso que el verdadero "yo" es donde la distancia no existe. Uno siempre está a cero distancia de sí mismo, y con precisión matemática. En este sentido, sólo hay un yo y no cambia porque es un simple punto de referencia. Sin embargo, es un punto móvil en el mundo, y esa movilidad debería bastar para proclamarnos libres, ya que, aunque los planetas también son móviles pero no libres sino que como nosotros están sujetos a fuerzas, nosotros tenemos además fuerzas propias, internas. Y no las llamaré voluntad ni conciencia ni espíritu sino simplemente "nuestras" (aunque estoy tentado por llamarlas "percepción"). Cada uno, en este sólido laberinto de fuerzas incomprensibles, tiene un camino propio infinitamente más rico que todas las órbitas planetarias del cosmos, y el recorrido de ese camino es el libre albedrío, aunque el camino haya sido dibujado catorce eones atrás.

Sólo cuando se nos prohíbe hacer uso de ese camino, de esa posibilidad completa que hemos heredado, es que perdemos la libertad.

Pero también debo contradecirme brevemente porque, por sobre todas las cosas, *la libertad es estar en desacuerdo con la realidad*, y poco importa que se pueda actuar. Es la posibilidad que empuja desde adentro aún frente a la más insalvable esclavitud, ya sea la de una prisión de máxima seguridad o la de los intangibles muros del universo. Por eso, en nombre de la libertad, no me creo nada de lo que acabo de decir, de principio a fin.

VIA: www.cibermitanios.com


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