Aprenda a perdonar y será invencible

NADIE ES 'TÓXICO'

Desde hace unos años se ha puesto de moda el calificativo tóxico: que si mi cuñado lo es, que si mi jefe es dañino... Y, sin embargo, la psicología cognitiva defiende que esa manera de ver el mundo -como tóxico- es lo verdaderamente perjudicial. Y, para combatirlo, empleamos un concepto muy de Gandhi llamado Aceptación Incondicional de los Demás (AID).
La AID supone comprender que todas las personas somos maravillosas -o que tenemos la capacidad de serlo- aunque, con frecuencia, por locura o confusión, nos da por "hacer putadas" a los demás. Nadie es tóxico, sino que a veces nos comportamos de esa forma.
Entonces, los principales perjudicados somos nosotros mismos porque nos alejamos del amor, la confianza y la honradez, requisitos para una vida feliz.
Pero para una mente fuerte y feliz, nadie es malo por naturaleza. Todos podemos recuperar el amor por la vida y por los demás. Mike Tyson, el tanque, el boxeador estrella de los años 80, es uno de esos frecuentes casos de transformación radical. Aunque necesitó para lograrlo una condena de tres años de prisión por violación y la conversión al Islam. En la actualidad, Tyson dedica todo su tiempo a obras benéficas y reniega del boxeo y cualquier expresión de violencia.

Más allá del perdón

En psicología cognitiva decimos que "el perdón no existe"; o, más bien, que "no hay nada que perdonar". Fundamentalmente, porque nada es tan terrible. Es decir, los agravios, los insultos o los robos no son adversidades importantes para una persona bien amueblada a nivel mental.
San Francisco de Asís dijo en una ocasión: "Cada vez necesito menos cosas y las pocas que necesito, las necesito muy poco". Estoy seguro de que a este religioso italiano no le afectaba que le mentasen a su madre. O que le robasen las sandalias. ¡De hecho, él era famoso por ir descalzo!
La vida nos obliga a prescindir de muchas cosas. Nos afanamos por evitarlo pero, frecuentemente, no es posible. Fijémonos en que la juventud es la pérdida más notoria y nadie sobre la tierra puede zafarse de ella. Después perdemos la salud y, finalmente, la vida.
Las personas maduras no se perturban ante las pérdidas; las encajan con deportividad sabiendo que casi nada es esencial. Por eso, no van detrás de nadie para reclamar el propósito de enmienda. "Quédatelo si tan locamente lo ansías", podrían decir.

Driblar la adversidad

Por otro lado, cuando no exageramos las adversidades, tenemos más espacio para pensar y, con ello, evitar el impacto de las mismas. La gente sabia no se alarma fácilmente; y así no desperdicia tiempo y esfuerzo en broncas y morros. Todo ello permite la creatividad, regatear los problemas o encontrar soluciones divertidas.
Por ejemplo, si mi novia llega siempre tarde a nuestras citas, simplemente la esperaré en un café, leyendo el periódico hasta su llegada. Puede ser un tiempo maravilloso dedicado a la lectura y al descanso. Enfadarse es siempre una forma de neurosis, una falta de aceptación de la vida y un estado emocional poco constructivo.
Yo tengo un amigo que come, casi literalmente, como un cerdo. A Lucas se le ve la comida triturada entre los dientes y en la lengua. La grasa le rodea los labios y el mentón. ¡Puaj! Pero, por todo lo demás, es un gran tipo. Con Lucas, simplemente, quedo para ver el fútbol, tomar cerveza y charlar. No más comidas. Ese simple driblaje me permite tener una excelente relación con él.
Sin duda, es mucho mejor esquivar, de antemano, los perjuicios que quejarse una y otra vez de ellos.

Muchos maestros

En fin, la psicología cognitiva nos anima a que veamos a las personas difíciles de nuestro entorno como a nuestros maestros zen. Como si fuesen sacerdotes venerables disfrazados de nuestra madre, nuestra pareja o jefe, para ponernos en jaque con comentarios desagradables o gestos egoístas.
Cuando alguien llega a mi consulta quejándose de otra persona, le suelo decir:
-¿Pero no ves que tu hermana es, en realidad, una maestra zen disfrazada de hermana?
-¿Cómo? (suelen replicar).
-Sí; es un mensajero del cielo para que aprendas que los insultos no tienen importancia y que puedes ser feliz al margen de ello.
-¿Y no me puede enviar el cielo una casa en la playa? (bromean).
El concepto de respeto suele ser una de las necesidades inventadas que más daño nos hacen. Nos decimos locamente: "¡Necesito que todo el mundo me respete todo el tiempo!", lo cual es imposible. Y si fuera factible, tampoco sería la panacea, la fuente del bienestar total. En realidad, sería todo más o menos igual.
Nuestros maestros zen nos enseñan, una y otra vez, que no necesitamos tanto respeto. Y en cada una de esas ocasiones en que nos agravian, tenemos una oportunidad más de dejar pasar la cosa para hacernos más fuertes, como San Francisco de Asís.
Así que bien podemos decir que no hay nada que perdonar porque nunca nos agraviaron realmente. Nuestros enemigos simplemente se hirieron a sí mismos con sus actos reprobables.
Démosles una oportunidad de aprender y cambiar. Y si no lo hacen nunca, amémosles igualmente -aunque sea desde la distancia- como seres imperfectos que son, al igual que el que escribe estas líneas.
Para saber perdonar conviene no terribilizar: darse cuenta de que ningún agravio es terrible. Los seres humanos necesitamos muy poco para estar bien: sólo la comida y el agua del día; así que ningún insulto, robo o traición tienen suficiente entidad como para hacernos infelices (a no ser que nos digamos lo contrario). Ante el robo de un manto, Jesucristo dijo a sus discípulos: "Dejad que se vaya con él; seguro que lo necesita más que nosotros".
-Aceptar a todo el mundo: todos somos buenos y malos, capaces de lo mejor y de lo peor. Si entendemos los delitos como "niñerías" o "locuras transitorias", no albergaremos rencor. Esquivaremos los ataques, buscaremos reparaciones y tendremos una actitud pedagógica y tranquila en todo momento (o casi).
-Aprender a esquivar los males: casi todos los fallos de carácter que tienen nuestros allegados pueden ser evitados, regateados, obviados. Simplemente, hay que diseñar un plan de acción que los pase por alto. Por ejemplo, ¿para qué informar a los padres de un plan arriesgado? Ellos tienden a sobreprotegernos hasta la asfixia. Un estratégico mutis será la solución más inteligente.
-Optar por la reparación y no el castigo: los castigos no sirven de nada. Sólo para desanimarnos y hundirnos. En cambio, la reparación es constructiva y pedagógica. Si un joven rompe un jarrón, no hay que echarle bronca, sino animarle a pagarlo con sus ahorros. Hacerse responsable de los propios actos ayuda a madurar y cambiar. Pero sin gritos; ni malas caras; ni negatividad alguna.

PSICOLOGÍA COGNITIVA

La psicología cognitiva que yo practico es una forma de terapia verificada, con más de 2.000 estudios que avalan su eficacia. Se basa en el principio fundamental de que los pensamientos son los productores de las emociones. Por eso, se concentra en cambiar el diálogo interno de las personas.
Expresiones como "terrible" o "no lo puedo soportar" son reemplazadas por "un poco malo" o "me molesta ligeramente"... No es un mero pensamiento positivo, ya que emplea una filosofía bien razonada por la que podemos convencernos de que necesitamos muy poco para ser felices.
La psicología cognitiva tiene muchos puntos en común con el estoicismo griego, el budismo, el tao y la no violencia gandhiana, y a todo eso le añade un método de trabajo práctico para profundizar en estas filosofías, hacerlas realmente nuestras, de forma que calen en nuestra visión del mundo.



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