Inteligencia Artificial Parte I -Cómo te afecta la inteligencia artificia-

y por qué no es como en las películas.

VIRGINIA HERNÁNDEZ 

Como si el "volveré" de Arnold Schwarzenegger retumbara aún en nuestras cabezas, la mención del término inteligencia artificial (IA) provoca todavía escalofríos. Nuestra visión está contaminada por Terminator, por los replicantes de Blade Runner y, cómo no, por ese HAL 9000 de voz desesperada que tenía "miedo" y que pedía al astronauta Dave Bowman que se detuviera y no lo desconectara. La ciencia ficción "expande nuestros límites", como describe la escritora de este género Laura Fernández, "nos permite vivir otras vidas en nuestra imaginación" y facilita que "estemos en varios sitios a la vez". 

 

 

También lo hace la inteligencia artificial, pero nos cuesta detectarlo y las mezclas, como todo el mundo sabe, confunden. "Creo que ese miedo al progreso es un miedo a nosotros mismos, es algo atávico que no va a desaparecer nunca. Pensar que ese ser que creas te va a superar", aduce esta escritora, que ve en las redes sociales (sí, ahí hay IA) esa posibilidad de enterarte de todo que en el pasado se hubiese percibido "como magia negra".

"La inteligencia artificial se ve como algo misterioso, escapado de una película, que de repente se ha metido en nuestras vidas. Pero la realidad es que está facilitando muchos servicios que sin ella sería imposible prestar a escala global", aclara Pilar Manchón, directora de interfaces cognitivos de la multinacional Amazon y experta en procesamiento de lenguaje natural.

"El objetivo es mejorar la calidad de esos servicios, lo cual, dependiendo del dominio de aplicación, puede implicar una mejora en nuestra calidad de vida, en la experiencia de usuario, en el coste del servicio o en su accesibilidad, además de muchos otros beneficios. Pero las personas solemos tener un cierto resquemor cuando se nos presenta algo que no terminamos de entender", añade Manchón.

"La IA está cuando sacamos el móvil para hacer una foto y el recuadro amarillo reconoce los rostros, cuando buscamos en internet, cuando Netflix nos recomienda una película según nuestros gustos, cuando usamos Google Maps para elegir el mejor trayecto o cuando Facebook te muestra determinadas actualizaciones de tus amigos", explica Nuria Oliver, doctora por el Media Lab del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y directora de investigación de ciencias de datos en Vodafone. "Es esa inteligencia artificial invisible la que realmente tiene impacto en nuestras vidas, no esos robots apocalípticos del cine que se proponen dominar el mundo y que la gente se imagina".







Lo más difícil de entender para el ciudadano medio, que se levanta con el móvil entre las manos y pone el despertador en el mismo aparato cuando se acuesta, es ver cómo "los datos se conectan entre sí y proporcionan más información de lo que uno infiere de cada operación por separado. La IA busca patrones y a veces dichos patrones no son obvios a simple vista, que es lo que genera sorpresa", aclara Pilar Manchón.

Los 20 años en el sector de esta sevillana -creó la startup de desarrollo de asistentes virtuales Indisys, que compró Intel en 2012- y su formación como lingüista le dan una perspectiva privilegiada sobre los avances de esta tecnología: "Para mí lo más emocionante son las mejoras en los sistemas de reconocimiento y síntesis de voz, el reconocimiento de imágenes y el entendimiento del lenguaje natural. Lo interesante de la democratización de la IA es que pone a disposición de cualquier usuario tecnologías muy avanzadas. Es el mecanismo ideal para incentivar la innovación, la creatividad y la diversidad".



La IA en las películas




Una edad de oro que a veces lleva a que extrapolemos lo que hace el cerebro con lo que pueden llegar a hacer los sistemas, y magnifica la confianza en que la evolución de las máquinas vaya a ir pareja con el comportamiento humano. Nuria Oliver reconoce las "expectativas sobreexageradas" que olvidan las acentuadas limitaciones de los sistemas existentes: "Los humanos aprendemos de manera continuada y no tan supervisada. Los sistemas necesitan ver millones de gatos para reconocerlos, mientras que un niño sólo precisa ver un par de ejemplos".
"Los algoritmos son mucho mejores que nosotros en procesar grandes cantidades de información, detectar patrones e identificar anomalías dentro de esos patrones", prosigue Oliver, pero "los humanos tenemos mejores cualidades al interpretar, porque nuestra capacidad de enmarcar esos resultados específicos en un conjunto más amplio es superior. Conocemos otros factores que nos dan la panorámica y no necesitamos desaprender. Los sistemas de hoy en dia son buenos en sólo una cosa y hay que volver a entrenarlos para dominar otra. Es lo que se conoce como inteligencia artificial específica".

 "Si se mira la propia historia de la IA siempre ha tenido valles y picos de popularidad, porque la idea de crear máquinas inteligentes siempre ha cautivado nuestra imaginación", detalla Nuria Oliver. "Dependiendo de la época y de las capacidades de computación, ha habido momentos de gran expectativa y de pensar que ya estábamos al borde de inteligencia artificial general (la que supera las tareas limitadas y se asemeja al ser humano), que es el Santo Grial, y esas épocas han venido seguidas de otras de decepción, porque esas perspectivas no se han cumplido".
"Hoy estamos en una era de grandes promesas y de gran auge, porque es verdad que la IA está teniendo mucho impacto y económicamente estamos hablando de billones de dólares. Pero es peligroso que, como sociedad, vayamos a tomar decisiones sobre tecnologías que no entendemos y que tienen mucho impacto en nuestras vidas", subraya esta experta. "Además, los equipos deben ser multidisciplinares, porque la IA es transversal y de ahí viene su capacidad de transformación en la sociedad. Puedes aplicarla en medicina, en transporte, en educación, en legislación... Es necesario que trabajen expertos de todas las áreas".
También que haya diversidad de toda índole y, sobre todo, de género: "Hay una gran falta de mujeres en investigación tecnológica", destaca. Oliver insiste en que la pluralidad es clave para generar avances más significativos y soluciones más innovadoras, pero también tiene otra dimensión de la que todavía se desconocen sus consecuencias: "Estos algoritmos que usan millones de personas de todas las geografías del mundo y de todos los grupos demográficos han sido diseñados por grupos bastante homogéneos. ¿Qué nos estamos perdiendo por este hecho?".

Kike Maíllo, que ganó en 2012 el Goya a mejor director novel por su película Eva, donde abordaba el hito de la máquina que empieza a tener carácter y se aminora su deber de obediencia al humano marcado por las tres reglas de Isaac Asimov, tuvo la oportunidad de entrevistar a Marvin Minsky, uno de los padres de la IA, poco antes de su fallecimiento. Fue en una visita del científico a Madrid para recibir el premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA. "Recuerdo que había cierta frustración en él", cuenta el cineasta, "él vivió un momento muy utópico en el que parecía que iba a ser la gran revolución, que evidentemente lo ha sido, pero él y sus compañeros esperaban que hubiera ido mucho más lejos y comentaba que nada de lo que había pasado en los últimos años le había sorprendido", rememora.
"En las décadas del arranque de la IA, la Guerra Fría estaba en plena ebullición, y el dinero del Ejército acababa en los equipos de investigación de las universidades, pero de repente dejó de llegar ese dinero. Al final un investigador piensa en lo suyo y él lamentaba que no hubiera seguido ese mismo ritmo. Decía que debía haber muchos equipos haciendo cosas porque sólo unos pocos lograrán hacer algo importante. Minsky me dijo que él deseaba el gran desarrollo de la IA para poder entender mejor cómo funciona el cerebro humano. Para él había que crear máquinas que emulen nuestra capacidad de pensamiento y, sobre todo, nuestra capacidad de toma de decisiones", recuerda.







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