Hasta los 7 años, mejor no castigues a tus hijos

¡Castigado al rincón de pensar! Es lo que ahora se destila cuando se trata de penalizar a un niño por un comportamiento inadecuado o una actitud incorrecta en muchos colegios. La frase tiene su miga: el pensar vinculado al castigo. La importancia de las palabras para identificar las cosas. Pero de esto hablaremos más tarde. Lo que queremos plantear en estas líneas es si castigar funciona a la hora de mejorar conductas, si es positivo para cambiar comportamientos o si, por el contrario, responde a una reacción del adulto cuando no sabe dar otra respuesta. Por supuesto, las tortas, las bofetadas y cualquier otro castigo físico están aquí fuera de juego.

"Cuando hay una situación de crispación o enfado, funciona lo de retirar al menor a otro espacio, sobre todo entre adolescentes", explica Ana Kovacs, psicóloga infantil y de familia, quien cree que "no es necesario el castigo y que se pueden buscar otros métodos para solucionar determinadas situaciones". Volviendo al rincón de pensar. "Se debe pensar sobre lo que ha pasado, pero no vincular esa reflexión con un castigo".
Quitar la tablet, apagar la televisión durante unos días, borrarle del equipo de baloncesto, suspender la fiesta de cumpleaños... "Los castigos funcionan más para los adultos como una salida cuando no sabemos cómo afrontar la situación. Te castigo y quito el problema de en medio", explica Kovacs. "Un castigo por sí mismo no cambia ninguna conducta. Para lograr esto, hay que reforzar: 'Si quieres salir hoy con tus amigos, tendrás que ayudarme a limpiar el coche. Implica una acción y un cambio".

A Javier Urra, doctor en Psicología y en Ciencias de la Salud, le gusta más hablar de sanciones que de castigos -"éste tiene un componente más dañino", dice- y se confiesa totalmente partidario de aplicarlos con los niños y los adolescentes. "La sanción es parte de la educación", explica quien ha trabajado más de 30 años en la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia y Juzgados de Menores de Madrid. "Y hacerlo fundiona. La gente puede cumplir la norma por convicción, pero también por miedo a la sanción". Eso sí, concreta una serie de pautas que la harían efectiva: debe ser inmediata, justa, con una causa y un efecto claros y que no sea desproporcionada.

"Si hay que estar a las 11 de la noche en casa los fines de semana, y se llega tarde, la sanción será restar dos minutos por cada minuto de retraso el siguiente fin de semana. Que se aparece a las 11.30 por el motivo que sea, pues el próximo sábado se llega una hora antes", comenta como ejemplo práctico.

A partir de los siete años, los niños "interpretan el concepto moral del tú", ya son capaces de razonar, comenta Urra. "Antes de esta edad no se debe castigar jamás", asegura Diana Sánchez, psicóloga y educadora de padres por la Asociación Americana de Disciplina Positiva. Tampoco es partidaria de estar constantemente premiando a un niño cuando se porta bien. "Conviene diferenciar entre el castigo negativo y el positivo. El primero se resume en 'hago algo que no te gusta', un planteamiento que puede ser humillante para el niño; el segundo se basa en el 'te quito algo que te gusta'", aclara esta psicóloga que no es defensora del castigo como forma de educar.

POCAS NORMAS Y CLARAS

Un lunes cualquiera, a eso de las siete empieza la pelea de los baños en muchas casas. "Espera un rato", "no me apetece", "estoy jugando"... La paciencia se agota y llega el grito -poco apropiado también, según los expertos, en la ardua e intensa tarea de educar-. Nadie parece tener intención de ponerse a remojo y ese padre-madre explota: "O nos bañamos ya o no se coge la bicicleta en todo el fin de semana". El órdago está lanzado.
"Es fundamental cumplir la sanción una vez la establecemos", asevera Urra, quien también cree que los padres hoy son más blandos que hace unas décadas. En sus años "en los maristas, las bofetadas se daban como panes. En casa, los castigos pasaban por darte con la zapatilla o incluso el cinturón. Hoy eso es impensable. La respuesta violenta no funciona, pero la sanción, sí", insiste.
Repetir diez veces 'hay que hacer los deberes' no implica que el mensaje llegue mejor. "Aquí la firmeza a la hora de decir las cosas es fundamental", dice Kovacs. "De repetir lo mismo muchas veces, en ocasiones el mensaje se pierde en el camino". Pocas normas y claras es más efectivo para establecer límites.
Es probable que hayas tratado de poner en práctica la teoría hasta aquí descrita y los resultados no hayan sido los esperados. Hagamos un intento más. "Hay que mantener la serenidad" aunque en determinadas circunstancias parezca imposible lograrlo. La adolescencia es seguramente la época en la que más se pone a prueba el equilibrio familiar. Es una época donde la sensibilidad está a flor de piel, donde todo tiende a verse azul oscuro casi negro, etapa en la que se apoyan más en el grupo que en los padres... "Mantener la templanza no implica que no se cumplan unas normas", enfatiza Urra. "Educar implica cuidar, querer, motivar..., y también decir que no. Hay cosas que no se admiten y no hay negociación".

BUSCAR EL ORIGEN

Ante un mal comportamiento, Diana Sánchez invita a "buscar siempre el origen de esa conducta negativa. Lo hacen por algo, puede ser que estén rabiosos, tristes, que quieran llamar nuestra atención... Conocido el motivo, es más fácil actuar". Y también mira a los padres, que muchas veces tienen su parte de responsabilidad en el tema. "No tenemos tiempo para educar como queremos. Obligamos a los niños a ir a nuestro ritmo y, si no es posible, nos enrabietamos".

Porque conviene tener en cuenta la opinión del niño y confiar en él, "lo que no implica tener que dar mil explicaciones", añade María Ramos, psicóloga del gabinete EnpositivoSí. "Hay que evitar la generalización y centrarse en esa conducta concreta donde está el problema". Si la hora de irse a la cama se ha convertido en un conflicto, hay que ver qué pasa. "Quizá dejarle acostarse 15 o 30 minutos más tarde conlleva que se duerma solo y no haya problema". Comunicarse siempre enriquece la relación.
Desterrar lo negativo para centrarse en lo positivo. "En vez de decir siempre lo que no deben decir o hacer, quizá tengamos que manifestar lo que queremos que hagan". Esto no implica una sobreprotección excesiva, filosofía de la que no es tampoco partidaria.
No hay fórmulas mágicas, en eso coinciden los expertos. Pero quizá sí ayude a tomar uno u otro camino preguntarse ¿qué tipo de relación queremos entablar con nuestros hijos?

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